martes, 27 de diciembre de 2016

PISA, o la manera de hacernos tontos

 




Me imagino qué pasaría si valoráramos la calidad de la tradición musical de cada país en función de los resultados anuales del Festival de Eurovisión: la Ópera italiana se hunde; el Pop sueco se consolida; hay que replantear el folk irlandés; la canción española debe reformarse; el barroco alemán es tendencia, ... Suena ridículo, no es así? Y sin embargo la comparación entre este informe trianual que hace la OCDE merece titulares de este tipo para un sistemas educativos más pendientes de las puntuaciones que de la necesaria reflexión colectiva sobre la educación, su presente y su futuro . 

Desde el primer momento he sido muy crítico con estos informes que diseña una entidad, la OCDE, que resulta un organismo internacional público-privado, que en la práctica funciona como una especie de "lobby" empresarial que, desde la década de 1970 promueve los valores neoliberales. La finalidad de esta prueba es obvia: forzar cambios y reformas en el conjunto de los sistemas educativos nacionales de acuerdo con los parámetros anglosajones. Y a fe que lo están consiguiendo: el rediseño del sistema universitario (el proceso de Bolonia) la desregulación de la profesión docente, la imposición de las competencias básicas, la entrada de agentes privados en educación son objetivos bien marcados en sus documentos internos, que sin recelos cuelgan en su página web. 

PISA es un arma para presionar a las opiniones públicas y sus gobiernos para que éstos vayan adoptando reformas en el sentido apuntado. Una clasificación desfavorable genera malestar y obliga a confiar en las recetas milagrosas ofrecidas por los supuestos expertos que avalan los cambios. Y no es difícil estar enfadado. La mayoría de países que no salen en el "Top Ten" (es decir, 62 de 72) no salen bien parados, y los que son muy arriba tienen miedo a perder fuelle. Y, claro, lo que acaban haciendo la mayoría es tratar de adaptarse a unas pruebas que no miden conocimientos (como todos, contextualizados desde las propias tradiciones y culturas) sino competencias básicas. 

Precisamente las competencias son ciertas habilidades superficiales, que no requieren profundidad de pensamiento, y que buscan un individuo más solícito que crítico, más adaptable que sabio, más flexible que seguro. Las competencias básicas buscan trabajadores capaces de cumplir órdenes sin cuestionarlas, es decir, se induce a que el alumno trabaje y obedezca. En cambio, las grandes escuelas de élite del mundo globalizado, paradójicamente o no, siguen confiando en una enseñanza convencional, con gran peso de las humanidades, conocimientos profundos, a fin de que se conviertan élites acostumbradas a pensar y mandar. 

Los PISA son tramposos. Usan la base 500 para magnificar diferencias, y hacer sentir mal aquellos que son alejados de esa cifra. Sin embargo, si convertimos la base a la más comúnmente aceptada (la base 100), resulta que 10 puntos se convierten fácilmente un 2%, muy por debajo del margen de error estadístico de lo que se considera normal en las encuestas. Esto quiere decir que las supuestas grandes diferencias entre países son anecdóticas. Cuando alguien dice que la diferencia entre Cataluña y Andalucía es de 9 meses de escolarización, es un mentiroso. Un mentiroso peligroso, como los empresarios inmobiliarios que decían que la vivienda no bajaría nunca, o que las preferentes eran un producto seguro. 

Si vamos a casa, hay lecturas que son preocupantes. Ahora, dicen, ha habido un buen resultado. Quizás sí, sin embargo, la escuela catalana de 2016 es peor que la de hace una década: más alumnos por clase, docentes más desmoralizados, caída libre de la formación permanente del profesorado, gente que no puede ir a la FP o en la universidad por falta de dinero, ... y podríamos seguir. Sí, en cambio, hacemos algo mejor: hemos entrenado a nuestros alumnos a hacer pruebas de acuerdo con el nuevo mantra de las competencias básicas. Más o menos como otros países que salen bien parados en la clasificación de esta peculiar Eurovisión educativa. Otros sistemas, como los anglosajones, cada vez más atomizados y autodestructivos, han hecho del fraude en las pruebas un arte. Otros optan por "interpretar" los criterios aparentemente rígidos de las evaluaciones, excluyendo determinada tipología de alumnado de las pruebas. Al final, sólo se castiga a algún cabeza de turco, como este año pasa a los argentinos. 

En fin, PISA, hijo ilegítimo de la OCDE y el neoliberalismo, está transformando el sistema educativo para hacernos más tontos, a base de crearnos la falsa sensación de parecer más listos.


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